El lenguaje humorístico alberga características muy particulares que lo distancian en gran medida del resto. ¿Qué es el sentido del humor? Para quien no tiene tan claro eso de que en el humor todo vale, este se antoja un tema a veces complicado. A menudo se señala más como “radical” a quien no se ríe de una broma o muestra su rechazo, que a quien hace la broma, sea de la índole que sea. Me refiero en particular al llamado humor racista, homófobo o, más en particular, machista.

Este “humor” está más que legitimado, lo cual hace muy difícil para quienes se mofan con estos chistes del maricón, el pachupichu o la comepollas; reconocer dónde está el problema. Por lo general, quienes más disfrutan de estas bromas son ciertos hombres, blancos y heterosexuales, que jamás han sufrido la opresión de la que se burlan, que no han cuestionado sus privilegios, que se han criado en una sociedad que les ha transmitido que tienen derecho a casi todo, y sobretodo que no les ha dotado de las herramientas críticas para pararse, recapacitar y visibilizar que si es tan gracioso, es sobre todo, porque de ninguna de las desigualdades de las que se alimenta ese humor, son ellos objeto principal. Estas características hacen que el humor, que además está acoplado en el terreno del relativismo absoluto, sea tan difícil de desmontar. Más o menos ya tenemos derecho, al menos, a ofendernos ante quien nos ataca verbalmente por ser mujeres, sin embargo si ese ataque va seguido de un “es broma”, se acabó. Bajo el tono de broma está más que permitido el acoso, la objetivización, el desprecio y el ataque a las mujeres.

Este “humor” está más que legitimado, lo cual hace muy difícil para quienes se mofan con estos chistes del maricón, el pachupichu o la comepollas; reconocer dónde está el problema.

La broma se convierte así en un mecanismo a través del cual puedes opinar, ofender, insultar, y/o burlarte de quien o quienes desees sin que, aparentemente, la persona objeto de dicha broma tenga derecho a ofenderse. ¡Que es broma!

Digamos que hay dos tipos fundamentales de bromas sexistas. Por un lado, está la recurrente que nace de lo que yo reconozco como “Oh, una mujer. Estoy aburrido, ¡voy a ver si la incomodo!” (Nótese que si el caso es “Oh una feminista”, el grado se incrementa). Es fácil reconocer este fenómeno, nada más percatarse de que una mujer demuestra autoridad, deciden hacer a dicha mujer y/o feminista objeto de su más elaborada perspicacia humorística:

 “¡Pues las mujeres a la cocina!” o “¿Has quedado con tus amigas lesbianas? ¡Que diga feministas!”, o “Las mujeres conducís peor… ¿Qué fue lo último que se oyó en el Titanic? ¡No le dejes el timón a ella!”

(Grandes hits).

Por lo general, cuando sienten las reacciones que van desde la apatía al asco, siempre incrementan un “¡Qué es broma mujer!”. Palabras mágicas, parece ser, que redimen toda intención de molestar. Ya el toque final lo da el: “Si yo no soy nada machista”. Alerta roja. Incluso es posible que esos hombres se sientan cercanos al feminismo, pero aún les queda mucho camino por recorrer (como a todas), quizá este post invite a la reflexión y acorte las distancias.

Y es que da igual si te molesta o no, las feministas son unas amargadas sin sentido del humor, ¡No sabemos diferenciar la realidad de la broma! Con lo cual la carta blanca está servida. Se han ocupado de crear este imaginario en el que nos han despojado de alegría. Error. No tener sentido del humor es que tu único recursos cómico sea equiparar ofender (o intentarlo) con el humor. Lo que menos hace gracia de este tipo de bromas sexistas es que su finalidad primordial es provocar una reacción como cuando van al zoo y le tiran algo al animal de la jaula. Me ofendo, no soy tu chiste. No se me ocurre acercarme a una persona que acabo de conocer, enterarme de cualquier cosa que toque su sensibilidad y dedicarme desesperadamente a burlarme y atacar aquello en lo que cree.

Aquí hay claramente un problema por parte de estos llamados bromistas. Aquellos hombres que no saben cómo aproximarse a una mujer y deciden que la mejor manera es faltarles al respeto, deben hacer un ejercicio importante reflexión, entre otras cosas porque la reacción natural es perder por completo el interés en él. Este tipo de humor radica fundamentalmente en la falta de respeto que se presupone aceptable hacia las mujeres. Fenómeno tan difuminado en la cotidianeidad que cuesta reconocer, sobre todo cuando estás del otro lado. O bien se hace un ejercicio activo de crítica y visibilización, o continúa asentándose cada vez más en nuestro comportamiento como normalidad a través de herramientas como este tan aclamado género humorístico.

Hay hombres que no saben cómo aproximarse a una mujer y deciden que la mejor manera es faltarles al respeto.

Pero hay otro tipo de “humor” machista bastante definido y que proviene de otro camino, paralelo al de la tipología anterior, y a veces coexistente, pero asentado en otra base, la del odio.

Un amigo a otro: “Oye tío, ¿sabes cómo puedes tirarte a una tía sin condón y sin dejarla embarazada? Te la follas dos semanas sin parar y luego la matas”

No hay porqué recrearse en el contenido ni se pretende aquí dar más ejemplos, este es sólo uno, y ni de lejos el más crudo. Podemos encontrar multitud relacionados con la violación, la violencia, el asesinato, la amenaza, el miedo, el acoso, el abuso, etc. Denominador común: una o varias mujeres objetivizadas y violentadas por hombres que se burlan de ello.

“¡Es broma mujer! ¡Ríete! Yo no soy machista, pero hay que saber diferenciar la broma de la realidad, en el terreno de la broma todo pierde su verdadero sentido”.

Humor machista

 Y es que es siempre complejo criticar aquello que se tilda de humorístico, porque en el terreno del humor es fácil encontrarse a quienes defienden que todo vale, o significa que nada vale. Este posicionamiento, que deja poco espacio a la discrepancia, hace que cuando una “broma” te revuelve el estómago o te duele, te preguntes ¿Seré yo? ¿Será que bajo el título de broma realmente nada es lo que parece? Porque parecer, parece misoginia. Esta tendencia a culparnos a nosotras mismas por el dolor que nos crean otros, se repite en diferentes dimensiones de nuestra vida, esta es una más. El “humor” que todo lo perdona. Sí, este chiste puede doler, no es ninguna sorpresa, se acerca demasiado a la realidad. Duele porque a diferencia del humor negro sobre terrorismo, por ejemplo, que jamás iré a compartir con una víctima del 11M; del machismo todas somos víctimas. Todas hemos sufrido acoso, desigualdad, maltrato, abuso. Todas como poco conocemos a una mujer cuya pareja la ha maltratado, a una mujer a quien han violado… Eso si no lo hemos vivido en nuestra propia piel. Si podemos llegar a reírnos de todo esto, no va a ser viniendo de un chiste grotesco que sale de un hombre que niega dichas violencias. Así no hace gracia. Duele, no sólo porque nos recuerda esta cruel realidad, sino porque estos chascarrillos chorrean misoginia, una misoginia tan asimilada, tan falta de crítica y reflexión, que asusta.

Quienes argumentan que de repente son feministas pero hacen chistes machistas (a lo Evo Morales) denotan una clara ausencia de empatía y de sensibilidad, pero también de interés, de conocimiento, de reflexión y de autocrítica. No todo vale, y eso no significa que nada valga. Habrá feministas que se rían de una broma machista, pero será en un espacio de seguridad, viniendo de una persona que no suponga una posible amenaza y sobretodo, dándole la vuelta a dicho chiste para apropiarlo y combatir la realidad que caricaturiza.

Este tipo de humor normaliza, sutilmente puebla nuestro imaginario de conceptos que pasan de ser una broma, a ser un referente. ¿Dónde termina la broma y empieza el abuso? ¿Cómo denunciamos que esta misma semana ha habido 5 asesinatos machistas, si sigue haciéndonos gracia? ¿Si seguimos sin mostrar el respeto que este problema endémico merece para empezar a erradicarlo?

Humor sexistaPor último, señalar que también hay dos tipos de hombres partícipes en este “humor” machista. De un lado el ingenioso, que hace la broma, y de otro el que se ríe. Este último, ya sea porque sinceramente le hace gracia o sea porque el humor machista es también un símbolo de virilidad y cuestionarlo sería poner en entredicho la propia, juega un papel fundamental. Este sentimiento de camaradería viril frena a los hombres de hablarse unos a otros sobre machismo, hace que cuando uno se pronuncie y diga “Oye, eso no tiene gracia, han sido asesinadas decenas de mujeres en lo que llevamos de año, quizá debamos dejar de tomarlo a broma”, o “Tío no le hables así a una mujer, no es un objeto” sea tachado como poco menos que un traidor. Quien no alza la voz está contribuyendo tanto como el que la alza para atacar. Hace falta, para empezar, que aquellos que sienten que algo no está bien, que les chirría este humor, que reconocen que ese supuesto humor es otra expresión más del patriarcado, hablen y digan basta. Porque me consta que hay hombres que lo piensan, pero también me conta que hay mucha cobardía en el círculo sagrado de “los colegas”. El lenguaje del silencio también está cargado de significados.

Desde aquelarre se defiende como principio fundamental el poder de la palabra. La negación del poder de esta, común a ambas tipologías tanto de humoristas como de bromas machistas, anula el derecho a ofenderse, a molestarse, a indignarse y a decir basta.

Victoria Cuadrado Guardado

Licenciada en Humanidades y Traducción e Interpretación. Feminista por convicción y necesidad. Apasionada de la cultura, los idiomas, viajar, comer y reír.  Durante los últimos 5 años he vivido en 4 países y he conocido diferentes realidades que me han proporcionado una perspectiva sobre la traducción y la cultura que ahora trato de plasmar en Aquelarre.

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